Jardín Urubamba

  • Jardín Urubamba
    Superficie Jardín: 12 ha
    Año Construcción: 2009
    Ubicación: Valle Sagrado, Urubamba, Cuzco, Peru
    Arquitecto casa: Bernardo Fort

Nombre proyecto: Jardín Urubamba

Superficie jardín: 12 ha

Año construcción: 2009

Ubicación: Valle Sagrado, Urubamba, Cuzco, Peru

Arquitecto hotel: Bernardo Fort

 

 

Desde un comienzo, este encargo me pareció fascinante, puesto que el hecho de relacionarme con la arquitectura del Valle Sagrado de los Incas, una civilización que tanto admiro, sumado a la posibilidad de introducir en el diseño las especies que se desarrollan en esa latitud de la cordillera de los Andes, es algo que no ocurre todos los días.

El encargo consistía en implementar un proyecto de paisajismo en un parque de 14 hectáreas que rodea a un hotel de lujo ubicado en la ribera del río Vilcanota, cerca del pueblo de Urubamba, a 70 km de Machu Picchu. Se me pidió conservar un bosque de 3 hectáreas de especies autóctonas, una franja de añosos eucaliptus en el borde del río. Para todo lo demás se me concedió libertad absoluta.

El objetivo de este proyecto era potenciar al máximo el paisaje propio del lugar, que presenta un carácter montañoso y a la vez fértil. Me inspiré en la geometría de los incas, de la gran eficiencia que transmiten sus sistemas de cultivos escalonados y de la inmensa sabiduría hidráulica que hay tras sus sistemas de riego.

Para el diseño consideré elementos de agua y piedra, la incorporación de flora autóctona y el trazado de caminos peatonales.

En el acceso al hotel formamos un jardín hundido, surcado por tres canales que representan las vertientes de las quebradas cordilleranas. La cordillera se ubica frente a la fachada, de modo que las aguas que de ella provienen cruzan simbólicamente el valle y vienen a depositarse en el estanque situado en la misma entrada. Con el jardín que lo rodea se establece un circuito, que es el que recorren los pasajeros cuando ingresan al hotel.

Debido a que no todas las habitaciones del hotel contaban con vista al río, propuse crear una laguna en el corazón del jardín que actuara como un polo de atracción, tanto por las aguas en movimiento como por la vegetación que la rodea. Así se generó un nuevo paisaje en aquel lugar.

Con el propósito de dar identidad al jardín, aproveché la topografía del sitio y utilicé elementos como andenes de piedra, canaletas, caídas de agua, estanques, senderos, formas con ángulos y quiebres. Todos estos componentes responden al carácter escultórico de la cordillera y surgen en el diseño, evocándola.

Respecto de la vegetación, fue una grata sorpresa enterarme de que en la zona no existían criaderos para el abastecimiento de las plantas, lo que me obligó a estudiar la flora del lugar y salir con especialistas botánicos a recolectar semillas y esquejes, para así formar un vivero con las especies nativas pertenecientes a ese majestuoso paisaje. Tuvimos mucho éxito en lograr el primer objetivo, que era abastecer el proyecto. Y con el correr de los años, ahora que el jardín ya está formado, se están tramitando los permisos para declararlo jardín botánico, en vista de que la recolección tiene un innegable valor patrimonial, las plantas nativas se han desarrollado sumamente bien y el sitio cumple con los requisitos necesarios.

Parque Allende

  • Parque Allende
    Superficie Jardín: 8 ha
    Año Construcción: 1985 – 2012
    Ubicación: Parcela Esmeralda, Quillota, Chile
    Arquitecto casa: Edwards y Soffia Arquitectos

Nombre proyecto: Parque Allende

Superficie Jardín: 8 ha

Año Construcción: 1985 – 2012

Ubicación: Parcela Esmeralda, Quillota, Chile

Arquitecto casa: Edwards y Soffia Arquitectos

 

Este jardín es uno de los más significativos que he hecho, se ha ido realizando a lo largo de casi tres décadas. La forma en que se ha plantado me ha permitido observar durante años el crecimiento y desarrollo de las plantas. En los inicios del proyecto, en el año 1985, el predio a trabajar tenía aproximadamente 5.000 m2 dentro de un fundo extenso. Había una casa con algunas plantas, rodeada de cerros con vegetación nativa de secano costero muy escasa. Había también un tranque destinado al riego agrícola, cercado de matorrales, algunos agaves y crategus para proteger el agua. Se veían pocas especies nobles, solo algunos quillayes, un gran alcornoque, un grupo de jacarandás cerca del tranque, unos pocos crespones jóvenes y molles adultos. También muchos eucaliptus y variedades de pinos que ya no existen. Iniciamos la intervención abriendo perspectivas hacia el cerro y conduciendo las vistas hacia lo lejano. Para ello, plantamos grandes grupos de árboles en las laderas —alcornoques, pataguas, quillayes— y reforzamos con más ejemplares los grupos de crespones existentes. El tranque comenzó a transformarse en una laguna, que finalmente llegó a ser el corazón del parque. Alrededor suyo dispusimos pataguas, alcornoques y encinos de los pantanos. El paseo quedó estructurado a partir de un camino de borde acompañado de arbustos y flores. Con los años se fueron agregando al primer jardín espacios de diferentes características, cada uno de ellos relacionado con el paisaje existente, con la topografía, con los cauces de aguas naturales, etc. Así surgió el lugar de las palmas, habilitado con palmas chilenas y palmeras pindó, que a su vez fueron asociadas con grandes extensiones de cubresuelos y flores como agapantos y variedades de hemerocallis. Una vertiente natural escondida entre zarzamoras y matorrales se convirtió en el Jardín del Arroyo, enmarcado entre pataguas y canelos, mientras que los acer japónicos hacen de telón fondo. En los bordes se plantaron nalcas, helechos y otras plantas de agua menores. En el frente, sobre una ladera, existía una plantación de almendros en baja etapa productiva. Decidimos transformar el lugar con coníferas y helechos. Transcurrido el tiempo, estas especies, dentro de las que se cuentan la araucaria excelsa, el cedro y la araucaria angustifolia, dieron un marco al jardín desde la lejanía debido a la altura que alcanzaron. A un costado de las coníferas existe un pequeño sendero que conduce al bosque de tuliperos y clivias, que habían sido reproducidas por el dueño de casa en grandes cantidades.

Con el correr del tiempo y con el progreso del jardín, el espacio frente a la laguna se convirtió en el sitio privilegiado. El dueño decidió entonces construir una casa que mirase al lugar, dado que el entorno había adquirido una atmósfera notable, poblada de hortensias, papiros y cipreses calvos. Luego vino la creación de un nuevo paisaje: el acceso. Allí donde se proyectaban los estacionamientos y las caballerizas, plantamos encinos, ceibos, jacarandás, ligustrinas pekinensis, palos borrachos Chorisia speciosa, laureles de flor y extensiones de cubresuelos.

A medida que el jardín fue creciendo y apoderándose de otros sitios que respondían a sus características, se hizo necesario hilar los distintos episodios, que, en el fondo, son una secuencia de paisajes. Lo hicimos implementando una transición entre ellos: los umbrales. En este jardín la identidad está dada por el misterio de pasar de un lugar a otro a través de umbrales conformados por una vegetación muy cerrada y oscura.

Después de algunos años de trabajo y de bastante intercambio con el propietario, él fue comprendiendo muy bien mis propuestas. Le di ciertas pautas y tomó la iniciativa de plantar las laderas de unos cerros que se ven desde el jardín –ofrecían una vista muy pobre–, vistiéndolas básicamente con árboles nativos. Ello significó un gran aporte al total del jardín, pues constituyó un respaldo y a la vez un límite.

Recuerdo varios diálogos productivos acerca de qué plantas incorporar, cuáles no se adaptaban al lugar, cómo podarlas, etc. Tiempo atrás, por ejemplo, un ciprés calvo que se había plantado cerca de la orilla de la laguna hacía dos décadas o más comenzó a inclinarse. La duda que compartimos junto al propietario era si hacíamos esfuerzos para que no cayera al agua apuntalándolo del algún modo, o, simplemente, dejábamos que la naturaleza actuara por sí misma. Optamos por esto último. Hacer un par de años, Pedro Tomás me llamó para informarme que el inmenso árbol había caído. Y, bueno, no fue tan doloroso, pues el hecho trajo consigo un regalo impensado: la caída del ciprés dejó la vista abierta para contemplar desde lejos un grupo de Acer brillantisima que tardaron muchos años en crecer hasta sus dimensiones actuales.

Para mí es relevante mencionar la relación que he mantenido con Pedro Tomás Allende, el propietario de este jardín y un apasionado de la naturaleza. Él siempre está investigando y armando nuevas colecciones, ya sean de orquídeas, de nuevas variedades de nenúfares, e incluso de aves y peces.

El gran amor que Pedro Tomás siente por el lugar, sumado a sus conocimientos de agricultor, han hecho posible una cuidadosa mantención del jardín durante todos estos años, mantención que él dirige personalmente. Algo que se inició como un jardín relativamente pequeño, se ha transformado hoy en un gran parque que cubre casi ocho hectáreas.

Jardín Boher

  • Jardín Boher
    Superficie Jardín: 3.250 m2
    Año Construcción: 2009
    Ubicación: Lo Curro, Santiago, Chile
    Arquitecto casa: S3 Schmidt Arquitectos

Nombre proyecto: Jardín Boher

Superficie Jardín: 3.250 m2

Año Construcción: 2009

Ubicación: Lo Curro, Santiago, Chile

Arquitecto casa: S3 Schmidt Arquitectos

 

Este jardín se extiende por las faldas de un cerro en un barrio residencial de la ciudad de Santiago. La gran cantidad de árboles adultos existentes en el sitio, principalmente enormes eucaliptus y añosos olmos, restringía la vista desde la casa hacia el paisaje lejano.

Tuve la oportunidad de participar en la etapa de diseño de la casa con el arquitecto, lo que permitió definir en conjunto ciertos elementos del proyecto, como la inclusión de las aguas provenientes de una vertiente cercana. El agua se utiliza como un elemento estructurador del jardín, una especie de guía que acompaña en todo momento el paseo: nace en la vertiente desde lo más alto del terreno, circula por acequias y caídas, y concluye su recorrido en la parte más baja, en un pequeño estanque a la sombra de los árboles gigantes.

Los volúmenes puros y transparentes de la arquitectura permiten gozar desde el interior de la casa de los enormes troncos de las encinas, eucaliptus, olmos y aromos circundantes. Sin eliminar ninguno de ellos, mi diseño consistió en incorporar otros árboles y arbustos con el propósito de generar un sotobosque entre aquellas columnas naturales.

La idea de jardín sin límites se consiguió de la siguiente manera: por una parte, plantamos junto a los deslindes algunos árboles persistentes, como peumos y alcornoques, que se enlazaron con los árboles de los sitios vecinos; y, por la otra, se “emboscaron” los paseos con gran profusión de arbustos, lo que hace que este pequeño jardín se perciba como un bosque de gran misterio. Uno realmente no se percata dónde empieza y dónde termina.

La ausencia de vistas lejanas sobre el paisaje del entorno, sumada a la exuberancia de la vegetación, induce a concentrar la mirada en los detalles cercanos y agudiza los sentidos. Además, los recorridos de agua, que producen distintos matices sonoros, cobran gran fuerza y protagonismo, y permiten leer el jardín, comprenderlo, tal como hacen los japoneses con sus ríos de piedras, secos.

Las plantas del jardín, entre ellos los renuevos de las nalcas, los helechos y arbustos, que surgen espontáneamente debido a la exuberancia de la vegetación y de los lugares de agua no se retiran. Esto le entrega cierta atmósfera natural y asilvestrada con una gran identidad. Los principales arbustos son hebes, spiraeas, choysias, pitosporos, viburnum, arrayanes, nalcas y helechos.

Este es un jardín oscuro, donde se aprecian en plenitud los cambios propios de la primavera y el otoño. El lugar es fresco, húmedo y misterioso, lo que produce un contrapunto muy interesante con la arquitectura de la casa, que parece flotar entre los árboles y las plantas que lo abrazan.

Jardín Morita

  • Jardín Morita
    Superficie Jardín: 4 ha
    Año Construcción: 1995-1998 / 2007-2008
    Ubicación: San Martín de los Andes, Argentina
    Arquitecto casa: Guillermo Rey, Pablo Velasco, Eduardo Negro

Nombre proyecto: Jardín Morita

Superficie Jardín: 4 ha

Año Construcción: 1995-1998 / 2007-2008

Ubicación: San Martín de los Andes, Argentina

Arquitecto casa: Guillermo Rey, Pablo Velasco, Eduardo Negro

 

Este jardín fue el primer trabajo que realicé fuera de Chile. Se trata del lugar de veraneo de una familia que reside en Buenos Aires. La propiedad tiene más de 200 hectáreas y presenta una interesante topografía con un bosque nativo de robles, prácticamente intocado.

La casa, emplazada como un mirador frente a un claro, permite ver en primer plano el río Chimehuin. Luego la vista se pierde en una sucesión infinita de cerros lejanos en los que abunda el bosque nativo, compuesto por pocas variedades de especies arbóreas persistentes y algunas caducas en otoño. El río se hace presente por su sonido, especialmente cuando lleva mucho caudal. Las largas caminatas, te llevan a extensos bosques de cipreses y radales, al tiempo que permiten admirar robles y ñirres, sobre todo en otoño. Las praderas están cubiertas de coirones y cortaderas que se mecen con el viento como cubresuelos naturales. Todo enmarcado por los picos de la cordillera de los Andes, permanentemente nevados en invierno.

El jardín propiamente tal se desarrolla en los alrededores de la casa y tiene como objetivo integrarse por completo al paisaje natural. Para producir el enlace, primero diseñé un zócalo de piedra que sirviese de contención y, dada la pendiente del terreno, de nexo entre la casa y el jardín. Luego dibujé el prado siguiendo las sinuosidades de la topografía, entre algunos árboles y arbustos que permanecieron tras el retiro de las especies exóticas. El efecto era como si se hubiese derramado un líquido desde lo más alto del terreno hasta el borde del río, determinando así los espacios para las plantas.

El diseño de la vegetación se estructuró con arbustos de similares texturas y colores a las del entorno, con el propósito de conducir y potenciar la mirada hacia las perspectivas lejanas. Los cipreses y maitenes que existían en el claro se integraron al sotobosque que avanzó hasta sus pies, como si se tratara de sus propias sombras proyectadas en el suelo.

En el corazón o centro del jardín, está dada por la implementación de un paisaje cuyas asociaciones se producen de igual modo que las del entorno lejano del que forma parte. Utilicé pocas especies de arbustos. Y pese a que no son nativas, se perciben como similares —en cuanto a color y textura—, a las del bosque circundante, especialmente en otoño. Cada planta del paisaje tiene su par en el jardín: el ciprés de la cordillera se hermana con los juníperos rastreros, los ñirres caducos con las abelias compactas y las Spiraea thunbergii, mientras que los persistentes del paisaje, maitenes y radales, con las cotoneaster, hebes y chauras.

Este centro es el único que tiene un prado formal y cuidado. A medida que uno se aleja, ya sea internándose por los caminos de acceso, yendo rumbo al río o avanzando hacia los predios vecinos, el jardín principal se va desdibujando, tornándose cada vez más suelto y silvestre, hasta que el caminante se ve inmerso en el paisaje natural e intocado.

El acceso principal a la casa está estructurado con bosquetes de robles, mientras que el camino que corre paralelo al río hacia el norte se presenta como un lugar misterioso, estructurado con coigües y ñirres plantados muy cerca unos de otros, lo que generó un bosque natural, sombrío e íntimo. Por su parte, la dueña de casa quiso disponer de flores de corte, algo que en un principio me pareció difícil de incorporar en un paisaje tan austero. La solución fue crear una pérgola circular, escondida entre un bosque de radales que ya existía, acompañada de frutales, rosas y otras flores. El lugar pasó a constituir un jardín secreto.

Transcurrido un tiempo, recibí el encargo de construir el jardín para las casas de dos de las hijas del propietario, lo que me obligó a comunicar las casas entre sí. Al subir por una sendero estrecho aparece un paisaje diferente y una nueva visión del río, bordeado por sauces amarillos en otoño y por extensiones de neneos  y de pastos naturales. Con el propósito de hacer que estos jardines fuesen más sustentables, que requiriesen menos mantención y que permanecieran muy ligados a un entorno más abierto, con menos árboles y que está vestido de neneos, michay y pastos, decidí dejar grandes espacios poblados de gramíneas largas con variedades de Nothofagus, como coigües, raulíes, ñirres, robles y lengas. En otoño se produce un contraste entre los pastos rubios y los matices rojo anaranjado de los árboles caducos. En este caso, los senderos anchos, empastados y de líneas rectas son los prados que permiten el recorrido y la contemplación de los árboles y el bosque. Para crear intimidad en los jardines próximos a estas dos casas, ubiqué otros árboles y arbustos: Laurocerasus, Photinia, Escallonia rubra y grandes extensiones de lavanda. Considerando que el propietario es de nacionalidad japonesa, y a modo de culminación de este paseo, diseñé un pequeño jardín que presenta características especiales: es la fusión entre un jardín patagónico y un jardín japonés. Se trata de un deck de madera que rodea un espacio de piedras de diferentes tamaños, engarzadas con gramíneas y cubresuelos de la zona. Tal como sucede en el jardín japonés, el paisaje del entorno queda interpretado a otra escala. Las piedras mayores pueden representar las montañas, la cama de arena blanca puede reflejar en la noche un baño de luz de luna y las piedras redondas evocan la presencia del río cercano.

Jardín Chiloé

  • Jardín Chiloé
    Superficie Jardín: 2.4 ha
    Año Construcción: 2001
    Ubicación: Ahui, Chiloé, Chile
    Arquitecto casa: Mathias Klotz

Nombre proyecto: Jardín Chiloé

Superficie Jardín: 2.4 ha

Año Construcción: 2001

Ubicación: Ahui, Chiloé, Chile

Arquitecto casa: Mathias Klotz

 

De todos los jardines que he diseñado en mi vida, este es el que ha tenido la concepción más genuina: el único objetivo era devolverle los valores originales a un terreno parcialmente talado para fines agrícolas por generaciones anteriores. Me refiero a la diversidad y exuberancia que identifican el paisaje costero de la Isla Grande de Chiloé.

Antes de recibir este encargo, los propietarios habían contratado a otros profesionales para trabajar en la recuperación del terreno. Ellos plantaron diversas especies, desde ornamentales introducidas, variedades de coníferas, e incluso frutales. No tuvieron éxito en su cometido, principalmente porque los árboles, que provenían de viveros, no soportaron los fuertes vientos ni el ambiente salino del lugar. Para nosotros el desafío consistió en armar un jardín que se desarrollara en el paralelo 41 Sur, en un clima difícil frente al océano Pacífico.

Desde mi punto de vista, el ejercicio de nuestro oficio nos enseña, en el hacer, a ir junto a la naturaleza, a reconocer sus procesos, para así poder intervenirla y obtener resultados óptimos. Esta experiencia fue una valiosa lección, útil para siempre.

Al observar que había plantas nativas de pocos centímetros que germinaban entre los pastos altos, decidimos experimentar y dejamos crecer —sin podar— los pastos silvestres en los contornos del área a trabajar. La idea era permitir que protegidas entre medio de los pastizales, comenzaran a surgir las especies nativas a partir de las semillas que transportaba el viento desde las reservas ubicadas en las quebradas cercanas. Había que crear un hábitat adecuado in situ para conseguir un repoblamiento natural con especies autóctonas. Desde un principio tuvimos claro que este proyecto dejaría ver resultados a largo plazo.

Sin planos ni dibujos, el diseño de la zona se manejó considerando una pradera central de pastos podados en cuyos bordes se trazaron curvas inspiradas en la vegetación existente, en los acantilados y en las playas del entorno. Primero consideramos la topografía y las formas de algunos macizos que rodeaban el potrero por los costados, y luego intentamos que éstos subieran hacia la pradera armando ondas que avanzaran desde el borde y se cerraran hacia el centro. En esa faja los pastos se mantuvieron sin podar. Durante los primeros cinco años aparecieron árboles y arbustos que germinaron de modo natural debido a la riqueza del suelo y a los 2.000 mm de lluvia que anualmente caen en la zona.

Una vez que las plantas de crecimiento espontáneo estuvieron establecidas y alcanzaron cerca de 70 cm de altura, iniciamos la incorporación de otras nuevas de las mismas especies autóctonas, esta vez criadas en viveros, para acrecentar así el poblamiento. Las primeras actuaron como protección de las siguientes. Recién entonces pude comenzar a manejar el diseño, es decir, a organizar las alturas de la vegetación de menor a mayor, permitiendo las perspectivas, las vistas, las sinuosidades.

Con el correr del tiempo las plantas fueron creciendo, abrigándose unas con otras y defendiéndose del clima ventoso y salobre. La mantención se hacía manejando solo la poda de la pradera central, sin riego, sin otra poda de árboles o arbustos, sin desinfección. El resultado fue un exuberante jardín natural de Chiloé. Las especies predominantes son los chilcos y los arrayanes, que fueron los primeros en prosperar. Y luego lo hicieron las escalonias, los chupones, los berberís, los ulmos y los canelos.

Después del éxito que años más tarde obtuvimos con el crecimiento de las plantas, pudimos apreciar cómo se había ido creando el jardín, un lugar que ocultaba lo que era necesario ocultar y que abría perspectivas hacia lo que verdaderamente interesaba. En ese momento le propusimos al dueño seguir recortando el pasto hasta que el predio regresara a su estado de selva natural. Recuerdo muy bien su respuesta: “NO, porque me quedaría sin jardín”.

Parque Barros

  • PARQUE BARROS
    Superficie Jardín: 6 ha.
    Año Construcción: 1993
    Ubicación: Fundo El Alto, Chiñihue, Chile.

Nombre proyecto: Parque Barros

Superficie Jardín: 6 ha

Año Construcción: 1993

Ubicación: Fundo El Alto, Chiñihue, Chile

Arquitecto casa: Christian de Groote

 

Jardín ubicado aproximadamente a 50 kilómetros al poniente de Santiago. El sitio, que pertenece a un campo de cientos de hectáreas dedicado a la producción frutal, se emplaza en la falda de una zona poblada de bosque esclerófilo autóctono de la Zona Central de Chile.

El mayor desafío consistió en que el jardín se insertara y dialogara armónicamente con el entorno.

El volumen horizontal de la casa, y su posición al pie de los cerros enfrentando el valle la hacían parecer una represa, imagen que busqué atenuar con la vegetación. Para acceder a ella se trazó un sendero que la muestra desde lejos y después sube enfrentando el cerro y bordeando en curva el gran prado. El recorrido avanza bajo los árboles a través de un bosquete cerrado y misterioso. Desde ahí, el caminante ya no ve la casa y se siente inmerso en el paisaje. El acceso a la casa consiste en un patio que ofrece una gran perspectiva de las lomas circundantes.

El centro del jardín es el prado. A partir de allí se lee la situación topográfica que lo rodea: los cerros en forma de herradura que se abren hacia el valle. En ese gran espacio se suceden lugares menores, como el de la piscina, el del bosque húmedo, sombrío y con helechos, el jardín de las vistas del dormitorio principal, formado por araucarias, canelos, robles y lingues, y el jardín de las flores de corte, en donde la dueña de casa es libre de cultivar todos los tipos de flores que guste.

Estos rincones, están conformados básicamente por vegetación nativa propia de la zona: peumos, quillayes, maitenes, boldos, lingues y molles. La laguna, ubicada al final del gran eje del prado central, consiste en seis espejos: el sonido del agua que cae de uno a otro acompaña el recorrido por las orillas.

El lugar de la piscina está cobijado por grupos de jacarandás, acompañados por un sotobosque de verónicas que en la época de floración producen un extenso tapiz de color celeste violáceo.

En el centro del extenso prado ubiqué dos grandes grupos de crespones de flores color fucsia y rosado, que enmarcan y contrastan vivamente con los verdes oscuros de los molles y peumos, enfatizando la vista y profundidad de la pradera. En otoño agregan al entorno el color púrpura de sus hojas, mientras que en invierno, cuando las pierden, los crespones se leen como esculturas en el paisaje.

Frente a la puerta principal, y enmarcando el espejo de agua, planté palmas chilenas que se funden con el bosque nativo que las envuelve, y que, junto a las buganvillas de color fucsia, evocan la imagen de los antiguos parques de la Zona Central de Chile. Dado que los cambios de colorido del bosque nativo de la zona son suaves, las especies introducidas encargadas de producir las variaciones cromáticas más dramáticas fueron los crespones y los jacarandás. Y que, al mismo tiempo, dan identidad a sus respectivos entornos durante las cuatro estaciones.

Parque Rencoret

  • PARQUE RENCORET
    Superficie Jardín: 20.000 M2
    Año Construcción: 1993
    Ubicación: Lo Barnechea, Santiago, Chile
    Arquitecto casa: Jose Domingo Peñafiel

Nombre proyecto: Parque Rencoret

Superficie jardín: 2 ha

Año Construcción: 1993

Ubicación: Lo Barnechea, Región Metropolitana, Chile

Arquitecto casa: José Domingo Peñafiel

 

Este jardín se construye en base a la arquitectura de la casa, de estilo clásico europeo, respondiendo con un grupo de flores encerradas por setos, un gran parrón de rosas –como un elemento que estructura el total–, integrando tilos antiguos que ya estaban en el lugar y agregando muchos árboles nobles (no necesariamente nativos) como variedades de encinos, nogales y magnolios.