Jardín Morita

  • Jardín Morita
    Superficie Jardín: 4 ha
    Año Construcción: 1995-1998 / 2007-2008
    Ubicación: San Martín de los Andes, Argentina
    Arquitecto casa: Guillermo Rey, Pablo Velasco, Eduardo Negro

Nombre proyecto: Jardín Morita

Superficie Jardín: 4 ha

Año Construcción: 1995-1998 / 2007-2008

Ubicación: San Martín de los Andes, Argentina

Arquitecto casa: Guillermo Rey, Pablo Velasco, Eduardo Negro

 

Este jardín fue el primer trabajo que realicé fuera de Chile. Se trata del lugar de veraneo de una familia que reside en Buenos Aires. La propiedad tiene más de 200 hectáreas y presenta una interesante topografía con un bosque nativo de robles, prácticamente intocado.

La casa, emplazada como un mirador frente a un claro, permite ver en primer plano el río Chimehuin. Luego la vista se pierde en una sucesión infinita de cerros lejanos en los que abunda el bosque nativo, compuesto por pocas variedades de especies arbóreas persistentes y algunas caducas en otoño. El río se hace presente por su sonido, especialmente cuando lleva mucho caudal. Las largas caminatas, te llevan a extensos bosques de cipreses y radales, al tiempo que permiten admirar robles y ñirres, sobre todo en otoño. Las praderas están cubiertas de coirones y cortaderas que se mecen con el viento como cubresuelos naturales. Todo enmarcado por los picos de la cordillera de los Andes, permanentemente nevados en invierno.

El jardín propiamente tal se desarrolla en los alrededores de la casa y tiene como objetivo integrarse por completo al paisaje natural. Para producir el enlace, primero diseñé un zócalo de piedra que sirviese de contención y, dada la pendiente del terreno, de nexo entre la casa y el jardín. Luego dibujé el prado siguiendo las sinuosidades de la topografía, entre algunos árboles y arbustos que permanecieron tras el retiro de las especies exóticas. El efecto era como si se hubiese derramado un líquido desde lo más alto del terreno hasta el borde del río, determinando así los espacios para las plantas.

El diseño de la vegetación se estructuró con arbustos de similares texturas y colores a las del entorno, con el propósito de conducir y potenciar la mirada hacia las perspectivas lejanas. Los cipreses y maitenes que existían en el claro se integraron al sotobosque que avanzó hasta sus pies, como si se tratara de sus propias sombras proyectadas en el suelo.

En el corazón o centro del jardín, está dada por la implementación de un paisaje cuyas asociaciones se producen de igual modo que las del entorno lejano del que forma parte. Utilicé pocas especies de arbustos. Y pese a que no son nativas, se perciben como similares —en cuanto a color y textura—, a las del bosque circundante, especialmente en otoño. Cada planta del paisaje tiene su par en el jardín: el ciprés de la cordillera se hermana con los juníperos rastreros, los ñirres caducos con las abelias compactas y las Spiraea thunbergii, mientras que los persistentes del paisaje, maitenes y radales, con las cotoneaster, hebes y chauras.

Este centro es el único que tiene un prado formal y cuidado. A medida que uno se aleja, ya sea internándose por los caminos de acceso, yendo rumbo al río o avanzando hacia los predios vecinos, el jardín principal se va desdibujando, tornándose cada vez más suelto y silvestre, hasta que el caminante se ve inmerso en el paisaje natural e intocado.

El acceso principal a la casa está estructurado con bosquetes de robles, mientras que el camino que corre paralelo al río hacia el norte se presenta como un lugar misterioso, estructurado con coigües y ñirres plantados muy cerca unos de otros, lo que generó un bosque natural, sombrío e íntimo. Por su parte, la dueña de casa quiso disponer de flores de corte, algo que en un principio me pareció difícil de incorporar en un paisaje tan austero. La solución fue crear una pérgola circular, escondida entre un bosque de radales que ya existía, acompañada de frutales, rosas y otras flores. El lugar pasó a constituir un jardín secreto.

Transcurrido un tiempo, recibí el encargo de construir el jardín para las casas de dos de las hijas del propietario, lo que me obligó a comunicar las casas entre sí. Al subir por una sendero estrecho aparece un paisaje diferente y una nueva visión del río, bordeado por sauces amarillos en otoño y por extensiones de neneos  y de pastos naturales. Con el propósito de hacer que estos jardines fuesen más sustentables, que requiriesen menos mantención y que permanecieran muy ligados a un entorno más abierto, con menos árboles y que está vestido de neneos, michay y pastos, decidí dejar grandes espacios poblados de gramíneas largas con variedades de Nothofagus, como coigües, raulíes, ñirres, robles y lengas. En otoño se produce un contraste entre los pastos rubios y los matices rojo anaranjado de los árboles caducos. En este caso, los senderos anchos, empastados y de líneas rectas son los prados que permiten el recorrido y la contemplación de los árboles y el bosque. Para crear intimidad en los jardines próximos a estas dos casas, ubiqué otros árboles y arbustos: Laurocerasus, Photinia, Escallonia rubra y grandes extensiones de lavanda. Considerando que el propietario es de nacionalidad japonesa, y a modo de culminación de este paseo, diseñé un pequeño jardín que presenta características especiales: es la fusión entre un jardín patagónico y un jardín japonés. Se trata de un deck de madera que rodea un espacio de piedras de diferentes tamaños, engarzadas con gramíneas y cubresuelos de la zona. Tal como sucede en el jardín japonés, el paisaje del entorno queda interpretado a otra escala. Las piedras mayores pueden representar las montañas, la cama de arena blanca puede reflejar en la noche un baño de luz de luna y las piedras redondas evocan la presencia del río cercano.